Relato para el 1º de Mayo

CCOOAytoleganes
Ha pasado ya un año del anterior Primero de Mayo día internacional de los trabajadores y en aquellos momentos estábamos pendientes de José, Raúl, Tomás, Enrique, Rodolfo, Edgar, Armando y Jerónimo. Los Ocho de Airbus, involucrados en el caso judicial de más relevancia para los sindicatos desde el proceso contra la cúpula de CCOO en 1972.

Hoy estamos pendientes de los juzgados y las cárceles, viendo como la corrupción es tema de máxima preocupación para la sociedad después del paro y motivo también de las convocatorias sindicales para este 1 de Mayo. Los ladrones y los corruptos de los distintos gobiernos amenazan el sistema democrático y convierten en lucro personal el dinero de todos los ciudadanos que debió ser para Educación, pensiones o ayudas sociales.

La corrupción ha llegado a dimensiones insoportables y este 1 de Mayo pasa a primer plano. Debemos acabar con ella de inmediato. La lucha contra la corrupción debe ser una prioridad. Aún podemos construir escuelas y recomponer el estado del bienestar colocando a las personas como lo principal. Es hora de mandar a este gobierno de sinvergüenzas y ladrones ¡A la Mierda!.

Después de este desahogo, os dejo un pequeño texto del libro El origen del Mundo, de Eduardo Galeano. Una pequeña reliquia literaria para conmemorar desde aquí este 1 de Mayo.


Hacía pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. 
Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeó, le recitaba el catecismo.
Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio. Me lo contó: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones. 
-Pero, papá – le dijo Josep, llorando -. Si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?
-Tonto – dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto -.
 Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.

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