María Soledad (II) - Relato

By Fco. Cecilia - sábado, enero 11, 2014

Terminada la primera parte del relato "María Soledad" de Regino Ferreiros, rescatado de la página de ccooweb, que en tantas ocasiones nos ha brindado tan buenos ratos de lectura, os dejo la parte segunda y final de este precioso texto que desde el seudónimo Regino Ferreiros, alguien algún día decidió compartir.


MARÍA SOLEDAD (II) - Regino Ferreiros


María Soledad. Relatos
Por eso, cuando su madre le dijo que se iba a marchar a Madrid a casa de una prima segunda que a penas conocía, primero pensó en que si se marchaba su madre quién iba a ocuparse de ellos y luego cuando comprendió que quién se marchaba era ella, la niñez se quebró en su interior con un chasquido seco, haciéndola despertar a una realidad fría y dura y nunca más volvió a ser la misma. Pero si solamente tenía diez años, lloró, pataleó y suplicó hasta que con ella lloró su madre que la mantenía sujeta por las muñecas intentando hablarle, calmarla, explicarle que todo iba a ir bien, que iba a ser mejor para ella, que Madrid era muy bonito. Luego calló, se sentó en el banquito al lado del fuego de la cocina y la arrastró a su regazo, meciéndola como si fuera una cría, mientras se aguantaba el llanto con un gemido interno que sonaba como una nana, una triste y desesperada nana, hasta que dejó de llorar. Aquella fue la última vez que su madre la meció y la trató como una niña.

El día que se marchaba, su madre la lavó el pelo, la hizo dos trenzas y después se las recogió en dos moñitos uno a cada lado de la nuca, así parecía algo mas mayor, la puso un vestido que su señora le había mandado desde Madrid y en una cesta de mimbre con un asa, colocaron las cuatro cosas que componían su equipaje. Luego su madre le dio envuelto en un papel de estraza con manchas de grasa un trozo de queso y un pedazo de pan inusualmente grande para lo que estaba acostumbrada en su casa,

- Hija no te lo comas todo de una vez, el viaje es largo hasta Madrid y tendrás que cenar, en la parada estará la Remedios.

Luego se le rompió la voz y los ojos se le llenaron de agua y no pudo seguir hablando, ella no dijo nada, estaba como ausente, en su interior el enfado y el miedo habían dejado paso al estupor, sentada en el coche de línea sujetaba el brazo de su madre como el último punto de amarre a su vida, solamente acertó a decir:

- Madre.

Mientras, ésta se retiraba y le desprendía la mano con que se aferraba a su brazo. Luego el coche arrancó y se dirigió hacia la salida de la plaza del pueblo, ella desde la ventanilla con lágrimas en los ojos miraba a su padre y a su madre cogidos del brazo con la mano en alto en ademán de saludo, intentando esbozar una sonrisa en los labios, y allí se quedaron, clavados sobre el polvo, bajo el luminoso sol de aquella mañana de junio, haciéndose cada vez más pequeños, con su mano en alto mientras el autocar se alejaba hacia la salida de la plaza.

Luego el viaje, el largo y solitario viaje hasta Madrid, las incontables paradas en los pueblos, donde el autocar se iba llenando de chicas mayores de vuelta a Madrid, innumerables despedidas, el olor a comida de los hatillos, el mareo, la nausea, las ganas de orinar, el miedo a salir del autocar en las paradas por si se marchaba y la dejaban abandonada en el medio de lo desconocido, las boinas de los hombres que se acercaban al autocar en cada pueblo y por fin la noche que envolvió en oscuridad los perfiles de una España rural, mísera y gris. Luego las luces de Madrid la produjeron una sensación que no volvió a repetirse hasta que muchos años después Emilio y ella vieron por primera vez el mar desde la playa de Benidorm.

Estaba cerca de su parada, el autobús 118 estaba casi vacío, con dificultad salió de su asiento y presionó el timbre de solicitud de parada. El sol ya se había puesto y la calle tomaba tintes grises, el autobús se detuvo, las puertas se abrieron con el chirriante soplido característico y María buscó ávidamente los peldaños metálicos con la mirada para bajar sin tropezar, sin caer, sin romperse ni perder nada, con cierta premura, temerosa de que el autobús arrancara y la arrastrara prendida de la ropa o del bolso.

En el barrio de María las casas son más pequeñas y están más abigarradas, es un barrio obrero de un pueblo enorme en la periferia de Madrid, los edificios son de ladrillo rojo con terrazas pequeñas y ventanas pequeñas a los que se accede por pequeños portales y estrechas escaleras. La vivienda de María estaba en el cuarto piso y cuando llegó a la puerta tuvo que esperar un momento para recuperar el aliento antes de abrir con la llave. Cuando accedió a su casa y cerró la puerta, sintió la misma sensación de siempre, entrar en su casa era como arroparse en una noche de frío con una manta mojada, los escasos sesenta metros cuadrados del pisito se le hacían enormes y vacíos. En aquella casa había criado a sus tres hijos, en tres pequeños dormitorios, un cuarto de aseo con ducha, un pequeño comedor y una cocina tendedero tipo pasillo. Había pasado su vida protegiendo, cuidando y adorando a los suyos, comprar aquel pisito del ministerio de la vivienda había sido un logro semejante a la llegada del hombre a la luna para Emilio y para ella. Después de incontables años sirviendo a su tía y a sus primos, después de seis años de noviazgo con Emilio, viéndose los domingos por la tarde, haciendo planes en los bancos del Retiro, sofocando el ardor juvenil entre negativas y castas caricias, ahorrando cada peseta y cada céntimo, por fin habían podido casarse con trajes prestados, ágape en “Casa Juanito” y viaje de bodas a la monumental Segovia.

Después de un año viviendo de pensión, su tía les prestó el dinero para la entrada del piso. Aún recuerda el día en que entraron a vivir como uno de los días más felices de su vida, estaba embarazada de Emilín el mayor, todo lo que tenían lo transportaron en una fornicheta de un compañero de trabajo de Emilio. Su ajuar se componía de dos maletas, un colchón de lana, una mesa camilla y cuatro taburetes. Al entrar en el piso las mariposas en el estómago apenas la dejaban respirar, mientras Emilio bajaba a por el colchón, María se fue acercando lentamente hacia la cocina, desde la puerta miró al interior y durante un segundo le pareció ver al lado de la pila el taburete que durante los primeros años en casa de su tía le ponían para que llegara a la pila y pudiera fregar y lavar la ropa. Durante un segundo la pareció ver a una pequeña niña morena, menuda, con ojos vivarachos y pelo lacio frotando el cuello de una camisa con sus pequeñas manos enrojecidas por el agua y el basto jabón de escamas. Sin poderlo remediar, miró sus manos demasiado estropeadas para la edad que tenía y se puso a llorar quedamente, acordándose de aquella pequeña y se juró que nada de lo que ella había tenido que pasar le pasaría a sus hijos, que ella dejaría su vida en el empeño de darles una vida digna. Entre aquellas lágrimas la encontró Emilio y la abrazó tiernamente y la acarició el pelo y la limpió las lágrimas de los ojos con su pañuelo.

María encendió la luz y dejó el bolso encima de la mesa del comedor, desde que murió Emilio apenas pasa a su habitación, ahora duerme en una de las habitaciones pequeñas, cada vez que entra en la alcoba de matrimonio llora y no puede dejar de mirar a un muchacho con el pelo rizado y un fino bigotito encima del labio, que desde un retrato en la pared la sonríe y parece llamarla con los ojos. Siempre termina cerrando la puerta y recordando como los mozos de la funerario se llevaron el cuerpo de Emilio metido en un saco brillante con asas para poder sacarlo por la estrecha escalera llena de vueltas y revueltas y poder depositarlo en el portalito dentro de su caja.

María come algo sentada delante del televisor, siempre programas de cotilleo, con gente guapa y rica que para ella son de otro planeta, del planeta dorado donde el pan y el vino crecen en los árboles y nadie pasa frío ni tiene que trabajar, del planeta donde están los Dioses, del planeta al que nunca tuvo acceso porque desde el lugar donde le toco nacer nunca pudo ver donde se hallaba el umbral de la puerta. Ahora los ve a través de la ventana de la televisión y durante un rato se olvida de las “tonterías” que piensa, después se duerme y cuando llegan los anuncios se despierta, apaga la televisión le da dos vueltas a la llave de la puerta, apaga el calentador del agua, cierra la bombona de butano y se va a la cama, quizá esta noche vuelva a soñar con su pueblo, el auténtico, el de María o a lo mejor sueña con Emilio o quizá con el mundo dorado o quizá se desvele y sus fantasmas la tengan despierta durante toda la noche hasta que la luz del nuevo día claree tras el cristal de la ventana en un nuevo día de la vida de María. 

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