María Soledad (I) - Relato

By Fco. Cecilia - sábado, enero 11, 2014

Comienza un nuevo fin de semana y en este invierno, como en muchos otros, el frío de la calle hace que nos quedemos en casa disfrutando de un ambiente más acogedor. Como en otras ocasiones, os dejo un relato de ccooweb para pasar un rato y leer algo que creo merece la pena.
Un relato que rezuma realidad y nostalgia, la de muchos españoles, muchas mujeres que abandonaron sus pueblos de origen en busca de la supervivencia, dejando atrás el amor e incluso su propia vida. Os dejo el relato "María Soledad" de Regino Ferreiros.


MARÍA SOLEDAD (I) - Regino Ferreiros


María Soledad. Relato
Llevaba más de quince minutos sentada en el banco de la marquesina en la parada del 118. Tenía la rebeca echada sobre los hombros, permanecía con las piernas muy juntas, el bolso apoyado sobre ellas y fuertemente sujeto por la mano izquierda. Mientras tanto, la mano derecha, sobre el escote, buscaba distraidamente tocar con los dedos el relieve de la medalla bajo la tela de la camisa, en sus facciones no se reflejaba más que cierta tristeza estructural, no miraba nada ni a nadie en concreto, manteniendo la mirada errante entre la nada.

Eran más de las siete de un domingo por la tarde y la dichosa camioneta no llegaba nunca. María tenía sesenta y nueve años y era viuda desde hacía tres.

Desde hace años, cuando las manos no estaban ocupadas en otra cosa, tenía la costumbre de jugar con la medalla de la Virgen del Carmen, esa medalla de oro era el regalo más valioso y más querido que Emilio la había hecho nunca. La había tocado tanto que podría reconocerla por el tacto entre los cientos de miles de medallas de la virgen del Carmen que hubiera en el mundo. Cuántos años con ella, colgándole del cuello, sintiéndola sobre su pecho, entonces inconscientemente la sujeta con el dedo pulgar y el corazón mientras con el índice busca el borde y lo pellizca notando un leve chasquido sobre su carne.

La camioneta no viene. Antes, cuando era más joven, llevaba la medalla a la vista y le gustaba cogerla y hacerla correr sobre la cadena mientras sentía el suave sonido que producía, era como una cremallera que al cerrar y abrir le hacía sentir un leve y agradable cosquilleo en la nuca. Ahora con tanto robo prefería llevarla oculta bajo la ropa.

La Virgen del Carmen, de su pueblo, tenía una capilla al lado del altar mayor de la iglesia y era muy milagrera, era la patrona de los marineros. Recordaba como cada festividad el cura en la homilía pedía por los marinos. En aquel pueblo del interior, donde casi nadie había visto el mar, donde lo único que se identificaba con el mar era el olor que traían las nubes cargadas de agua cuando el viento soplaba del oeste, por eso, siempre sospechó que el cura era de algún pueblo con puerto de mar, hijo de marineros y que los días de la Virgen del Carmen, preso de una terrible nostalgia, les hacía pedir por su gente, por eso de vez en cuando subía al campanario y miraba el horizonte llano y curvo, como si el de la misma mar océano se tratase.

Cuántos años hacía que no iba al pueblo?, veinte?, veinticinco?, cuántos años hacia que había muerto su madre?; estuvo en el entierro y después, en alguna fiesta de todos los santos había llevado flores a su tumba, luego nada, no volvió. A Emilio no le gustaba conducir tanto y ella allí no tenía a nadie. Cada vez que había ido se había llevado una decepción, todo estaba cambiado, no reconocía nada ni a nadie, el rastro de su pueblo, el rastro del pueblo que había conocido se había perdido para siempre entre rincones, calles y plazas que ahora a penas le decían nada.

Sin embargo cuantas noches había soñado con él, cuántas veces cuando era una cría, había llorado en su habitación de empleada doméstica, desgarrada por la añoranza. A veces, cuando la agobiante sensación de soledad aferraba su corazón y lo estrujaba entre las manos, anhelaba dormir para soñar, anhelaba volver a recorrer las calles de su pueblo onírico y mágico, sentir el agua fría del río acariciando sus pies, escuchar el rumor de la fuente, sofocarse con las carreras de los juegos infantiles, volver a sentir el suave mareo de la fiesta patronal, bailando en la calle con sus amigas entre los mozos y mozas a la luz del farol y al ritmo de la acordeón de un ciego barbudo y borracho. Recuperar el olor y el sonido de las noches de primavera , esconderse tras el alféizar de la ventana para ver la luz de la luna llena esparciendo sombras inquietantes en el huerto y el gallinero, escuchar el sonido del dormitorio durante las noches, con los leves ronquidos de su padre y los rumores rítmicos de la respiración de sus hermanos rompiendo el silencio, frío y profundo, ella en la oscuridad de aquella habitación familiar, envuelta por la sábana de lino y la manta raída, encontraba el sueño seguro, placentero y reparador que no tenía desde hacía años.

Con un chirrido estridente, el autobús tapió la marquesina llenándolo todo de un olor acre y un sonido rítmico y ronroneante, María, con un sobresalto, se levantó de su asiento y en una carrerita llegó hasta la puerta del autobús, se sujetó fuertemente a la barandilla y con cierto trabajo subió los peldaños metálicos.

- Buenas tardes.

El conductor no contestó. Luego con su brazo derecho se abrazó a la primera barra que encontró y buscó el abono de pensionista que mostró al conductor antes de meter en la ranura del cobrador automático.

-Clin.

El sonido electrónico de la campanilla coincidió con el brusco arranque del autobús, María guardó el abono en el bolso y con paso tambaleante se dirigió hacia el interior del autobús, no llevaba mucha gente, varios jóvenes con aspecto divertido, dos chicas con los cascos puestos, una pareja mayor que de inmediato le hizo pensar en lo bien que podrían estar Emilio y ella si no fuera por el maldito tabaco, dos parejas más y algún que otro viajero solitario de tez oscura y ojos rasgados.

María se sentó sola junto a la ventanilla con el bolso sobre el regazo fuertemente sujeto con ambas manos. Hasta su barrio había un buen trayecto, hacía menos de media hora que había salido de la casa de su hija Carmen, la pequeña de los tres hijos que Dios les había dado. Había pasado el fin de semana cuidando a sus nietos, dos angelitos de 4 y 8 años que prácticamente habían criado ella y su marido, ya se sabe, ahora los matrimonios jóvenes tienen que trabajar mucho para pagar la hipoteca y el coche y el congelador y la secadora y el DVD y el televisor de plasma y las vacaciones y las comuniones de los chicos y quién sabe cuantas cosas mas, y no les queda tiempo de criar a sus hijos, si no hubiera sido por Emilio y ella, su hija hubiera tenido que dejar el trabajo y no podrían haber pagado todas las cosas de las que disfrutaban.

Cuantas veces Emilio y ella habían discutido por aquellas cosas, la verdad es que desde que su marido se jubiló hasta pocos días antes de morir, había paseado, traído y llevado al colegio a sus nietos muchas más veces de lo que había hecho con sus hijos durante toda su vida, a Emilio le agobiaba aquella responsabilidad, discutía con su mujer pero nunca se atrevió a decirle nada a su hija o a su yerno sobre aquella situación que llegaba a mortificarle.

El caso es que a ella le parecía que las cosas últimamente no iban bien en la pareja y habían decidido hacer un viaje para intentar arreglar la situación. Cuando llegaron el domingo por la tarde no tenían mejor cara que cuando se marcharon, pero ella, como pasaba desde hacía tiempo, no se había atrevido a comentar nada con su hija. Se limitó a recoger sus cuatro cosas, darle un beso a sus nietos y salir por la puerta, mientras su hija le reprochaba a su marido no llevarla hasta su casa con el coche y él se justificaba diciendo que estaba bien aparcado y que a la vuelta no iba a tener sitio para dejarlo, que el autobús estaba muy cerca y la dejaba en frente de su casa. Por supuesto ella había dado la razón a su yerno y los había dejado enfrascados en su primera reyerta post viaje de reconciliación.

Los escaparates de las tiendas cerradas pasaban raudos al otro lado de la ventanilla del autobús, la gente paseando, las farolas, los coches aparcados, todo pasaba veloz ante su mirada distraída, convirtiéndose en figuras anónimas, en simples trazos de color en una cinta continua que acariciaba sus sentidos produciéndola una dulce sensación de amodorramiento.

El traqueteo del autobús la transportó en el tiempo hasta otro viaje en el coche de línea que la trajo desde su pueblo hasta Madrid para trabajar como sirvienta en casa de unos parientes lejanos. No era más que una niña, nunca quiso marcharse de su pueblo, ni se había planteado dejar el lugar templado de su infancia, ella no conocía otra cosa diferente, no había pensado que la escasa e inconstante ración de pan y caldo que había en su casa a la hora de comer y que las ropas raídas y mil veces remendadas de ella y sus hermanos pudieran traer consigo más desdicha, y no sabía que el olor acre que desprendían sus cuerpos era el estigma del descuido y la miseria. Nunca había pensado que su madre había sido más bonita que cuando ella la veía, ni que sus padres estaban muy delgados y que aquella sensación recurrente de hambre no era el estado habitual de todas las personas, no pensaba que las cosas malas que les pasaban pedían otros nuevos sacrificios, no sabía que habían tocado fondo, que su familia no podía seguir existiendo, que eran muy pobres y que la supervivencia exigía romper con lo único que les mantenía unidos.

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2 comentarios

  1. Realmente hernosa.. ¡wow! que fàcil parece sentirse refñejada en la historia.

    Aunque un poco tardío, mis mejores deseos de Paz y Salud para este año 2014. Sabemos de sobra que no todos lo sueños se cumplen. Que se nos de al menos la oportunidad de ser cada día mejores y mas solidarios seres humanos.
    Un fuerte abrazo

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    1. Igualmente Adelfa, espero que todos aquellos sueños de bien, como los tuyos, se cumplan.
      En ello estamos. Un abrazo.

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