EL GUERRERO DE DIOS (Relato)

By Fco. Cecilia - sábado, julio 13, 2013

Don Ricardo se aloja en la habitación del fondo del pasillo, la habitación de don Ricardo siempre huele a cera e incienso y es que don Ricardo, solo, arrodillado frente a una silla con el asiento de madera, “canta misa” por la mañana y por la tarde un día sí y otro también. 
El guerrero de Dios (Relato) AbueloharaAllí, a veces en voz baja y a veces en silencio, Don Ricardo recita automáticamente sus letanías que con desesperación buscan cualquier resquicio que les permita salir de entre aquellas cuatro paredes y llegar hasta los oídos de Dios. 
El Dios de Ricardo es un Dios Padre, serio, altivo y terrible que durante su infancia le miraba desde un viejo grabado colgado de la cabecera de su cama, en la casona familiar de Castro Urdiales.

A La Maruja no le gustan esas cosas de misas y curas, pero don Ricardo lleva años pagando religiosamente el alquiler cada semana y eso es lo más importante de cualquier inquilino de su pensión. 
Maruja es dura y atea, si no duerme por las noches no es porque le asuste la muerte, si no duerme, es por los recuerdos que algunas veces, a la hora de cerrar los ojos, impulsados por un mal viento se levantan y empiezan a revolotear en la cabeza, chocan contra las paredes del cráneo y los límites del mundo, a veces chocan contra el fondo de los ojos y le hacen tanto daño que tiene que abrirlos y se desvela y se levanta de la cama para fumarse un cigarro sentada en la butaca de su cuarto. 
Maruja no fuma en la cama, no tiene miedo a la muerte pero le horroriza pensar en morir quemada, envuelta entre las sábanas y las mantas ardientes quemándose hasta los tuétanos sobre los negros hierros del somier.

Don Ricardo cuando no está sumido en el sopor del alcohol, a veces anhela la muerte y siempre la teme, porque en ella no encontrará la paz, porque en ella no encontrará el olvido, porque en ella el Dios justiciero y el Demonio que lleva dentro, se encargarán de mantener y multiplicar su suplicio; durante toda la eternidad espiará sus culpas, sus pecados, sus vicios, sus debilidades. 
Don Ricardo arribó a la pensión de la Maruja rechazado por todos y huyendo de todos y de sí mismo, buscando esconderse de la mirada de todos, buscando el último refugio que siempre otorga el fango, creyendo que ya no se podía caer más bajo.

Don Ricardo viste de paisano sin alzacuellos, es alto, culto y de porte noble, el pelo ya encanecido fue rubio y ondulado en una juventud no muy lejana. El oscuro pecado de Don Ricardo es que le gustan los hombres, le gustan los hombres desde siempre, desde antes del seminario donde, para combatir la debilidad de la carne, llevaba un cilicio de púas ajustado a la cintura y se flagelaba con una penitencia de tres puntas en la soledad del dormitorio. 
El guerrero de dios (relato). AbueloharaDe joven, Don Ricardo se masturbaba pensando en hombres velludos que le tomaban con violencia y luego se flagelaba entre llantos de arrepentimiento, se masturbaba y las punzadas del ajustado cilicio le cortaban la respiración a cada paso. 

Su confesor, el padre José, sabía la lucha de Ricardo, le aconsejaba en largas y ensayadas charlas sobre las argucias del Demonio y las bondades de la penitencia y las duchas frías. Según Don José, Ricardo tenía el demonio metido en el cuerpo, Dios le había elegido entre todos los hombres para someterlo a una dura prueba y Ricardo no podía defraudar a Dios, debía vencer la tentación, levantarse de la inmundicia y brillar más que nadie ante los ojos del Altísimo. 
Ricardo quería creerle y luchaba contra su perversa inclinación, pero la verdad era que lo de Ricardo venía de nacimiento, de cuando era un niño tranquilo y sensible en la casona de Castro Urdiales y su padre le despreciaba y su madre llena de culpa le mimaba y consentía, hasta que a los 14 años entró en el seminario de Oviedo a cargo de Don José que tantos desvelos sufría con él y que tantos buenos consejos le daba.

La destructiva historia de Don Ricardo era algo anunciado, las caídas y los arrepentimientos, los buenos propósitos, las nuevas caídas, la culpa, el alcohol, la vergüenza, las habladurías, el alcohol, formaron parte de su corta pero intensa trayectoria como ministro de la Iglesia, con poco más de treinta años había pasado por doce pueblos y las habladurías le perseguían, cada vez más alcoholizado, más solo, hasta el día en que, en medio de la celebración eucarística, borracho como una cuba, cayó redondo mientras levantaba la Sagrada Forma ante los atónitos feligreses. Después, los castigos, las penitencias, el aislamiento y la suspensión.

En la miserable habitación de la pensión de la Maruja, tirado sobre la cama, cuando no está suficientemente borracho, se estremece recordando la cara hipócrita de algún chapero y siente la necesidad del contacto de unos brazos sinceros que le abracen y una voz grave que le diga palabras de amor y compasión al oído, entonces empieza a llorar y torpemente se levanta de la cama recitando su letanía “Dios mío no te fallare, Dios mío no te fallare,” se arrodilla junto a la silla , enciende una lamparilla y juntando con fuerza las manos, reza a un Dios que nunca le escuchó que nunca le ayudó que nunca le entendió, musita palabras en el idioma de un mundo confuso donde confunde el Amor con el Miedo y el Placer con el Dolor, durante su oración, el frío del solitario Universo penetra en su alma y el dolor le atraviesa el pecho como la lanza de Longinos.

El Guerrero de Dios (Regino Ferreiros)

Fuente: Relatos en ccooweb Un relato publicado en abril del año 2009 por algún trabajador con el seudónimo de León Coque. Ya en aquellos momentos el escritor veía clara la especulación y la falta de escrúpulos de algunos, que ahora vemos y sufrimos tan de cerca.

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