Mejor Juan, que Felipe VI ( y II )

By Fco. Cecilia - sábado, junio 28, 2014

Mejor Juan que Felipe VI . parte final
Segunda parte de este relato de ccooweb sobre la persona de un trabajador de izquierdas y su lucha. Si aún no leíste la primera parte, puedes hacerlo aquí.

Mientras esperamos a que la democracia sea el verdadero gobierno del pueblo y podamos elegir nuestros representantes o mandarles a hacer puñetas cada cierto tiempo en las urnas mediante votaciones y no por derecho Real, incluido el Jefe del Estado, aquí os dejo este relato dedicado a Juan.

Como en otras ocasiones la fuente es de ccooweb, donde puedes descubrir relatos interesantes. 

Mejor Juan, que Felipe VI. (final)

Me despidieron de varias obras por montar follones, por defender a los trabajadores. Pero me acuerdo de una vez que me llamaron a las oficinas para intentar parar una huelga. Me ofrecieron más dinero, me dijeron que estaban muy contentos conmigo a nivel profesional, pero que les metía unas ideas a la gente que no podían ser. Yo les contesté que lo que pretendía era que los obreros tuviesen unos salarios justos (entre otras cosas). Les dije que cuando una mujer iba a la compra no preguntaban si era la mujer de un empresario, un ingeniero o un obrero, que a todos costaba igual la comida para sus hijos. No me dejaron seguir. 
En aquella época vivíamos en un piso compartido con unos familiares. Tenía dos habitaciones y el baño era compartido con otros vecinos. Ya teníamos ganas de un piso un poquito mejor, con más intimidad e independencia. Ya no tenía ganas de seguir bañándome en un barreño. 
Así que dimos la entrada para un piso. Pero nos estafaron, a nosotros y a otras seis mil familias. Nos quedamos sin la entrada y sin el piso entero. 
Mi Josefa había trabajado desde los catorce años hasta que nos casamos, en casa de una viuda. Esta señora tenía un hermano al que mi abuela había amamantado. Este hombre había hecho un buen capital en Pozoblanco. Cuando se enteró de lo de la estafa, nos llamó ofreciéndonos dinero, sin intereses y sin límite de tiempo para devolverlo; pero le dije que no, que donde vivíamos no estábamos tan mal, que la casa era buena, que tenía un patio grade con un pozo con agua muy limpia que nos permitía lavarnos y que había dos servicios, uno para los hombres y otro para las mujeres. Yo no quería coger dinero prestado de un capitalista, aunque se lo agradecí sinceramente. 
Fue por entonces cuando decidimos venirnos a Leganés, aquí los pisos eran más baratos. Por fin nos pudimos comprar un piso. Nos costó 323.000 pesetas y dimos 175.000 de entrada. 
En Leganés, a finales de los sesenta, no había nada. No había colegios, no había ambulatorios, las calles no estaban urbanizadas, el Ayuntamiento no prestaba casi ningún servicio. El transporte público era un desastre. A Madrid había que ir en unas camionetas (los autobuses de hoy) que se caían de viejas. No había servicio de cercanías, por supuesto. 
Había mucho trabajo que hacer. Así que me puse manos a la obra. Me habían dicho en el Partido que Antonio el Minero andaba por aquí, pero el hombre acababa de salir de la cárcel y quería un respiro. Pero al poco contacté con él y junto con otros pocos organizamos el Partido en Leganés. Teníamos que multiplicarnos, en el Partido, en las asociaciones de vecinos, APAs, en Comisiones Obreras, en el Ayuntamiento. (Miro hacía atrás y me doy cuenta de la cantidad de buenos camaradas que se me han muerto ya). 
Se iba notando que ya estábamos en los años setenta y que el franquismo se estaba muriendo con el dictador. La gente se iba animando a participar y ya no éramos tan pocos.
Pero todavía teníamos que tener mucho cuidado. La fiera estaba herida pero no muerta. 
Me detuvieron en abril de 1974. 
Todo el metal y la construcción estaba en lucha por sus convenios. Preparábamos asambleas, piquetes informativos. Repartíamos propaganda por los tajos. Los guardias civiles nos vigilaban pero nosotros les evitábamos. Hasta una noche. 
Fue en el polígono Cobo Calleja de Fuenlabrada. Habíamos acabado de repartir propaganda para una huelga. En mi coche íbamos otros tres compañeros y yo. Habíamos quedado en que si nos paraban, no nos conocíamos, que les había cogido viniendo de Valdemoro, donde estaba mi obra en esos momentos. 
En un cruce de calles del polígono nos estaban esperando. Nos rodearon y metralleta en manos nos amenazaron con freírnos a tiros si nos movíamos. 
Nos llevaron al cuartelillo de Fuenlabrada y antes de hablar nada y por separado nos dieron hostias hasta en el carné de identidad. Al principio mantuvimos que no nos conocíamos, pero uno de ellos había estado en el médico por algo de su hijo y se le había caído la receta en el coche. Cuando le estaban pegando yo les dije que le dejaran ya, que era un padre de familia y que si seguían pegándole no iba a poder trabajar para alimentar a sus hijos. 
Al ver que nos conocíamos se liaron de nuevo a darme palos, a arrancarme el pelo, a insultarme. Pero no consiguieron tumbarme. Decían: a este “chaparro” no hay quien lo tire!. Al final salió el teniente y les ordenó que me dejaran. Les dijo, éste es comunista y a los comunistas, aunque les cortemos un brazo no van a decir nada, eso les dijo. 
Del cuartelillo de Fuenlabrada nos llevaron a la Dirección General de la Policía, que estaba en la Puerta de Sol, sí, donde hoy está la presidencia de la Comunidad de Madrid. Nos tuvieron incomunicados cinco días, cuando mi Josefa me vio se desmayó de la impresión. No podía ni andar. Tenía cuajarones de sangre por todas partes, daba pena verme. 
Pero no firmé ninguna confesión y eso me salvó. Estuve sólo dos meses en Carabanchel. 
Al salir de la cárcel necesité otro par de meses para recuperarme, y al cabo volví a las obras y a la pelea, con más cuidado para que no volvieran a detenerme. 
Los últimos años del franquismo y los primeros de la transición fueron tiempos muy movidos. Unos querían perpetuar el régimen y otros, la mayoría ansiaba el cambio. Hubo que luchar y mucho. No había día en que no hubiera huelgas, manifestaciones, asambleas,... Y es que ahora todo parece fácil, pero esta mini democracia que tenemos, cuánto nos costó! 
He trabajado en el Ayuntamiento 25 años. Entré en el año 1977. 
Yo entré por indicación del Partido. No quiero decir que me metiera el Partido. A mí en realidad no me interesaba, de hecho ganaba en aquellos tiempos unas 150.000 pesetas y la primera nómina del Ayuntamiento fue de 33.000 ptas. Perdía mucho dinero y durante dos años tuve que tirar de los ahorros. Y mi Josefa tuvo que volver a las casas. 
Pero era necesario. Y también era el momento. Estaban a punto de llegar los primeros ayuntamientos democráticos desde la República. Había muchos servicios que prestar y muy pocos trabajadores para darlos. Había que democratizar la institución, participar en ella, cambiarla, devolvérsela a los ciudadanos. Por eso entré. Al igual que nos implicábamos en las asociaciones de vecinos o en las APAs, nos implicamos en el Ayuntamiento. 
También nos ayudaron los tiempos y la legislación. Nos hicieron contratos de un mes, pero si te hacían varios seguidos te tenían que hacer fijo. Entre el alcalde que salía, Matheo Lauaces, que era un hombre dialogante y respetuoso, y los nuevos que entraron, comunistas y socialistas, se fueron ampliando las plantillas y los servicios que necesitaba la población. 
También tuve claro desde el principio donde estaba mi lugar. Con los trabajadores. Incluso cuando mis compañeros llegaron a gobernar no confundí mi sitio. Algunos de ellos si se confundieron y en cuanto le dieron el acta de concejal pretendieron torearnos, y por los comportamientos de uno de ellos, por enfrentarme a él en defensa de los trabajadores me costó la expulsión del Partido, aunque luego, al cabo de los meses me vinieron a buscar, me reconcilié con todos menos con uno. Los toreros a la plaza. 
Pero con la mayoría de ellos me siento decepcionado, cuando veo la cantidad de antiguos compañeros metidos en negocios, en el ladrillo, enriqueciéndose sin ningún pudor. 
Veo que mucha gente sin oficio ni beneficio se han agarrado a los partidos o sindicatos para solucionar su papeleta, importándoles un carajo las ideas y los principios. Pero en las mismas direcciones de partidos y sindicatos se ha premiado a los que siempre obedecen y no cuestionan, a los clientelistas. Hay una falta de cultura democrática y los mismos partidos no han hecho esa pedagogía, cortando de raíz, en ocasiones, el debate y la crítica. 
La izquierda debe ser un escaparate de honestidad, y sin embargo todos hemos visto como muchos se han dejado corromper por el dinero o por la posición de poder. Que las gentes llamadas de izquierdas caigan en la corrupción desmoraliza más si cabe a la sociedad.
Con todo y a mis setenta años sigo en la brecha. Muchas gentes me han decepcionado, pero otras muchas me han enseñado que no hay que desfallecer en la lucha por una sociedad más justa en todos los sentidos. 
Aunque haya podido parecer que el trabajo en el partido, en el sindicato, o en las distintas asociaciones en las que he estado ha sido lo más importante de mi vida, ha habido algo por encima de todo ello, y ha sido mi familia. Mi mujer y mis hijos han sido lo mejor. Josefa, mi mujer, es la que más ha sufrido mi opción personal tan comprometida. Ella hubiese querido que no me dedicara tanto, pero también era consciente de la sociedad que nos ha tocado vivir. Los dos desde muy jóvenes hemos visto y hemos sufrido las injusticias y la falta de libertad, y, sencillamente, no hemos podido mirar para otro lado. 

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