Abuelillo, te echamos de menos. (Memorias - Villajos Lucas)

Desde La Mancha. Campo de Criptana. Llanuras con encanto donde hace muchos años el Quijote vivió sus aventuras de caballero y Miguel de Cervantes dio a conocer al mundo la tierra de los Molinos de viento y donde aún hoy se mantienen erguidos esos protagonistas de la historia que como el hidalgo y los grandes hombres manchegos luchan contra el tiempo y la memoria para no ser olvidados.

Abuelillo, te echamos de menos. (Memorias - Villajos. Campo de Criptana)
Desde ese lugar un hombre sencillo, trabajador, de la tierra, buen vecino, nos lleva más de cincuenta años atrás y nos describe su mundo con sus letras. Plasmando sus vivencias, las de su pueblo Criptana y sus mujeres y hombres nobles y luchadores que arrancaban a la tierra y a la árida llanura algo de comer a cambio de su sudor y su vida.

Villajos Lucas (1907-2001), nos cuenta desde su humildad como jornalero, padre de familia y después abuelo y sin apenas haber ido a la escuela, la historia y las memorias de su pueblo y sus gentes. A su manera, en ocasiones en prosa, otras en verso, nos deja sus memorias que con la ayuda de la edición de la Asociación Encinares Vivos de la Mancha todos sus vecinos han podido leer y que por suerte ha sido compartido conmigo.

Sería un error dejar morir y no hacer llegar más lejos sus memorias. Toda una lección de historia que debe servir de aprendizaje y de estudio de una época dura, de un pueblo fuerte y de los sueños de un hombre que desde pronto dejaba plasmados en hojas de papel lo que ahora podemos leer. Un hombre especial que con el tiempo alcanzó la condición de Abuelo y en esa calidad recibe el abrazo y el homenaje de su nieto que es en sus primeras páginas algo que encandila y te hace seguir leyendo este libro.

Abuelillo, te echamos de menos.El mensaje de este artículo es el homenaje de uno de sus nietos, que bien podría ser un relato corto. Uno de esos textos que por si solo pudiera editarse y leerse con atención. El sentimiento y las emociones que durante años quedaron grabadas en su corazón y que ahora hacen brotar aquí una especie de carta que sirve de prologo al libro y que desde hace años al leerlo siempre tuve ganas de compartir.

Desde Campo de Criptana, en las letras de quien se da a conocer en el primer renglón del texto y portavoz de su familia, aquí os dejo este fragmento escrito para su Abuelo, con mayúsculas, un hombre que desde la cueva donde vivía de forma humilde, describió su historia con enorme sencillez, con respeto y con elegancia.
Que lo disfrutéis como yo, recordando esa especial relación entre nietos y abuelos.




"Yo, Francisco-Vicente Díaz-Hellín Lucas-Torres, tuve la suerte de tener como abuelo a Villajos Lucas.
Entre mis primeros recuerdos que tengo de mis primeros años, se encuentran las tardes que iba a casa de mis abuelos. La casa de mi abuelo tenía un corral grande para poder guardar el carro y las mulas, un pozo, un barranco, una cocina grande con chimenea, una banca grande junto a la mesa, una alacena que para mí era como un armario mágico, unas fotos de mis bisabuelos... Poco más recuerdo. Cuando caía la tarde, para mí era un espectáculo ver llegar a mi abuelo en carro, subirme con él mientras mi abuela abría las puertas y entrar  subidos juntos esos pocos metros. Ver como lo preparaba para el día siguiente y daba de comer a las dos mulas. Luego nos pasábamos a la cocina, se sentaba en la banca y se tomaba su vermú con titos. Antes de sentarse, abría la alacena-armario mágico y sacaba una onza de chocolate para mí que además llevaba el nombre de mi abuelo. Me gustaba que mi abuelo, con ese nombre tan raro, se llamara igual que un Cristo y que un chocolate. He de decir que la tradición del chocolate la manteníamos todas mis primas, mis hermanas y mi hermano incluso de mayores. Con el paso del tiempo, el chocolate nos lo escondían dentro de una cacerola, en la bolsa del pan... pero no había escondite que se nos resistiese. Mientras mi abuela y mi abuelo reían.
Otro recuerdo que permanece de mi abuelo es cuando se jubiló. Las mañanas las dedicaba a sus nietos. Todas las mañanas al levantarme, mi abuelo ya estaba en mi casa. Después de tomarme el vaso de leche y antes de ir a la escuela, él me daba clases y me enseñaba a escribir, a sumar, a multiplicar... teníamos ese momento siempre juntos “haciendo cuentas”. He de reconocer que eso de empezar las clases tan temprano a veces no me gustaba. Pero también reconocía que eso me permitía comprender antes lo que en clase me enseñaban, e incluso saberlo antes que mis compañeros. 
Mi abuelo siempre se ha preocupado por nuestra formación, con nuestro saber, con nuestro provecho de la vida... Le he agradecido con creces esa actitud que nos enseñó en la vida y en el trabajo. Esa enseñanza me hizo que luchara por estudiar lo que me gustaba aunque tuviese que irme del pueblo y desarrollarme profesionalmente en otras tierras. 
El día que murió estaba en la cama al no poder ya levantarse. Pasé a verle, y aunque dormía se despertó al sentarme junto a él. Al despertar de su  último sueño, una de las preguntas que me hizo era que por qué no estaba en Alicante, que si no tenía trabajo... Le tranquilicé, le dije que estaba de vacaciones. Luego me dijo más cosas, palabras muy hermosas. Por eso creo que se fue feliz.
De pequeño no sólo lo veía por las mañanas. También lo veía por las tardes al salir de clase. Me iba a al parque a jugar a los columpios, y mi abuelo siempre estaba allí, “con la fresca” y a charlar con sus amigos a los que no les llamaba por el nombre propio, les llamaba por el mote y eso a mí me hacía mucha gracia. Cuando volvíamos por la calle Colón para casa, él me explicaba la historia de esos motes y siempre con una sonrisa cariñosa. Eran tardes de parque con sabor a anís, porque siempre con el beso que le daba al llegar, se sacaba del bolsillo de su chaqueta una “boleta”, una boleta de anís para dármela.
Mi abuelo era un hombre con respuestas sabias para todas mis curiosidades. Sólo había una respuesta a una de mis preguntas que le costaba explicarme, o que esquivaba y terminaba desviando la respuesta a otro tema, el muy listo. Era cuando le preguntaba por la Guerra Civil. Se le humedecían los ojos. Nunca supe por su boca de que bando le tocó luchar, ni dónde... El sólo me llegó a decir alguna vez que sufrió, que la guerra es mala, que en una guerra nunca hay vencedores, que su mayor dolor fue separarse de mi abuela y de mis tías y que al poco de tener que irse nació otra hija, mi madre, y que no pudo conocerla hasta mucho tiempo después. Mi abuelo era un hombre de paz.
Mi abuelo era un hombre de paz y de amor. Estuvo casado con mi abuela, Santiaga Muñoz, y como decían los dos, “llevamos casados toda la vida”. También me decía que mi abuela era muy guapa. Ella falleció algo más de cinco años antes que él. Cuando entonces yo iba a verlo y le preguntaba qué tal estaba, el siempre me respondía que estaba bien porque comía bien, podía andar con ayuda de sus dos garrotas, podía seguir leyendo... pero que el dolor y la pena que sentía en su corazón no conseguía curarlos.Y lloraba. Y llorábamos los dos. Mi abuelo, tan grande, tan fuerte, tan protector... también lloraba.
Mi abuelo nació en una cueva “todo debajo de la tierra, sólo salía encima la chimenea”. Aprendió de pequeño a leer y a escribir. Siempre escribió poesías y en prosa este libro de memorias del pueblo. Nunca le conocieron con premios importantes, homenajes institucionales... alguna publicación en programas de fiestas y eso a él ya le hacía feliz. Porque pensaba que su conocimiento, a través de la poesía publicada, permanecería y serviría para alguien. Por eso siempre tuvo intención de publicar, pero era demasiado caro, no conseguía subvenciones... Decía que sus escritos y su saber terminarían bajo tierra, como en el lugar donde nació, en una cueva, escondidos, sin ver la luz. Gracias, Daniel y José Manuel, por hacerle una “chimenea”. Sé que está muy agradecido él también.
Yo, Francisco-Vicente Díaz-Hellín Lucas-Torres, como mis primas, mis hermanas y mi hermano, tuvimos y tenemos la suerte de tener como abuelo a Villajos Lucas.Abuelillo, te echamos de menos."
Abuelillo, te echamos de menos.

MEMORIAS, VIDAS Y COSTUMBRES DE UN PUEBLO
C A M P O  D E  C R I P T A N A         (1907-1983)
Edición de la Asociación Encinares Vivos de la Mancha
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Si pasas por Campo de Criptana, si ves los molinos de viento, seguro que recordarás "el señor de la triste figura". Ahora además, muchos recordarán al abuelo de Francisco-Vicente...., al Sr. Villajos Lucas Díaz-Tendero, su abuelo.

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7 comentarios:

  1. Anónimo7/5/14 9:33

    Muchas gracias de verdad

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    1. Muchas gracias son muy bonitas palabras. Aunque lo llevamos en nuestro corazon , siempre es grato leer bonitos comentarios de gente y mas que no le conocen. A sido un placer leerlo igual que ha sido una suerte tenerlo como abuelo, y si le hubieseis conocido tambien os impresionaria. Ahhhhh y tambien os daria una """ boleta "" de anis . Abuelos os recordamos siempre

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    2. Me alegra que os guste. Mi deseo ha sido el de trasladar siempre el respeto a nuestros mayores y por supuesto a tu abuelo Villajos Lucas. La relación de abuelos y nietos siempre es especial y si además aquellas historias relatadas y vividas se dejan por escrito, merecen ser compartidos. Desde aquí un eco, que en este humilde blog he querido dar.
      Un abrazo y gracias por vuestros comentarios y por dejarnos conocer vuestras vivencias y sentimientos desde esa preciosa tierra con todos nosotros.

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  2. Precioso todo lo que has dicho. Yo soy otra nieta de Villajos, una de las medias como el decia siempre, a la que dejó huella y toda la familia estamos orgullosos de tener ese abuelo tan grande y que tanto nos enseñó. Un beso.

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    Respuestas
    1. Basta con leer lo que de él decís, para comprender rápidamente que fue un gran hombre y desde luego un abuelo que supo dejar su firma, su amor y su sentimiento en todos vosotros, que será imposible borrar.
      Gracias Yoli.
      Otro beso para ti.

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  3. Anónimo2/6/14 19:51

    Es uno de los textos mas bellos que he leido en mi vida, la belleza de la Sencillez y del Amor.

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